(...) La espinosa vegetacion escoltaba la caravana de Murlus y Nauta por el devastador desierto de Gell, mientras eran observados por los inescrutables ojos de las hambrientas bestias. El mago no perdia de vista al pequeño Nauta, tratando de buscar un indicio del futuro que la aguardaba bajo su destino, cuando una flecha de Ergo se clavó en la ventana del carruaje. Rapidamente el mago asomó su rostro por la ventana , para divisar al agresor, pero no era uno, eran decenas de alados Ergos, los "guardianes de la arena" , quienes avanzaban hacia ellos. Gritando al cochero desesperadamente le indico que avanzara a toda velociadad hacia las colinas de Vhem, la frontera con el Valle de Silus. El cochero livido como el marmol azuzo a sus bestias lo mas fuerte que pudo, imprimiendo toda la velocidad que podia al carruje. Los Ergos, seres alados de aspecto humano con rostro de fiera, se dividieron en dos grupos con la intencion de atacar los flancos del vehiculo, mientras arrojaban sus diabolicas flechas sobre este. Murlus organizaba sus conocimientos buscando un hechizo que les permitiera salir con vida de la apurada situacion.
El destino de los cautivos de los Ergos, era la horrible muerte de Cristal. Las flechas producian la cristalizacion lenta de la sangre de su victima dejandola a merced de las fuaces de los Ergos.
Cada vez eran mas las flechas que impactaban contra la desgastada madera que los protegia, cuando de repente un golpe seco sono de la cubierta del carruaje. Un Ergo. El alquimista saco su daga del cinto. Apreto la empuñadura con fuerza y la clavo en el techo, un estemecedor aullido rompio el tiempo, cuando una fiera asomo su faz en la ventana, sobresaltado, Murlus tomo a Nauta protegiendolo con su cuerpo, cuando el Ergo hirio de una estocada al mago. Este arremetio rabiosamente contra el ergo partiendole la cabeza en dos. Herido con la misma esencia maldita de las flechas, el mago sintio las punzadas de dolor de su sangre crsitalizandose en su interior. Dejo a Nauta sobre el asiento, y se encaramo como pudo sobre el techo del carruaje. La rauda velocidad del carruaje y la voragine de Ergos asediando desde el cielo, confundian a Murlus, este abriendo las manos y cerrando los ojos entono: "Arquim Mal Iluminarium Destellum", surgiendo del horizonte un destello cegador de Luz. Los Ergos invidentes dirigian confusos sus flechas contra sus propias hordas. Gritos de dolor surgian de la luz, mientras sus cuerpos se desplomaban al suelo. El alquimista agonizante, se postro sobre el techo y le grito al cochero que se dirigiera a la casa de Shandauw en el poblado de Mherenkor en Silus, segundos despues esputos de sangre cristalizada anticipaban su muerte. Su cuerpo enrojecido por la petrea sangre se desplomo sobre el techo del carruaje mientras este avanzaba ya proximo a las colinas de Vhem. Los Ergos quedaban lejos ya, en el horizonte de Gell. Igual que el alma de Murlus (...)